En el mundo actual definir es arriesgado. Todo está medido milimétricamente y seccionado hasta el extremo. Nada parece poder arriesgarse a navegar entre dos aguas y, menos aún, pertenecer a dos ámbitos.
Así, hablar hoy de espiritualidad requiere distinguirla de "espiritualismo", "espíritu", "espiritismo",…y un largo etcétera. Estas mediciones conceptuales son necesarias aunque adolecen de una raíz negativa común que padece nuestra sociedad actual: el dualismo existencial.
La espiritualidad no puede ser dualista. En su mismo origen tiene un sentido de unificación con todo lo creado que no permite separar nada de lo que abarca. Una experiencia espiritual, si es sana y veraz, lleva a la persona humana hacia una visión unificada con todo. No existe una espiritualidad negadora de otras porque no existen varias diferentes y porque reconoce en otras formas de expresión, una misma experiencia espiritual.
Nuestra vida está atravesada por una dimensión no material que transciende todo lo que alcanzan los sentidos por separado. Renunciar a esta dimensión u obviarla genera una enfermedad mortal que en mucha personas y lugares está mostrándose con gran violencia. Hay sociedades enfermas y generaciones ausentes de su realidad más esencial que padecen síntomas de muerte en vez de mostrar gérmenes de vida.
La espiritualidad hoy supera los límites de las religiones conocidas y cuida las nuevas formas de fe nacientes para que ni unas ni otras se conviertan en formas humanas inventadas que no expresen una realidad última verdadera. La expresión de la espiritualidad la podemos conceptualizar como Dios, Padre, Alá, Ser, Absoluto, Totalidad,Vacío,…etc, pero todas deben ser coincidentes. El riesgo de las religiones históricas está en absolutizar su propia historia dogmatizándolo todo, y el riesgo de las nuevas espiritualidades reside en dejarse llevar por maestros, gurús y pensamientos que alejan al ser humano la realidad y se fijan exclusivamente en su ego.
Dentro del ámbito de la espiritualidad podemos encontrar algunos caminos concretos que nos ayuden a identificarla. Los más centrales son: el silencio-quietud, la interioridad y la experiencia de Dios.